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Fotografía de María Cimadevilla

 

La llegada de Dorothea Tanning (1910-2012) al museo Reina Sofía me pilló por sorpresa. Su relación con el surrealismo y algunos datos biográficos era todo lo que sabía de ella. Mi primera visita a la muestra “Detrás de la puerta, invisible, otra puerta” (octubre 2018-enero 2019) me generó extrañamiento, curiosidad, admiración y, sobre todo, ganas de más. Cuando salí del museo llamé a Patri, mi compañera de OtrasNosotras: ‘Tenemos que organizar una visita guiada a esta maravilla’, le dije, ‘es compleja pero no puede ser más interesante’.

Tuvimos dos ocasiones para recorrer el camino trazado por la comisaria Alyce Mahón con un grupo de personas y, juntas, ir descubriendo la imaginación y el talento de la artista estadounidense.  Las puertas, que ella contaba en una entrevista cómo se iban abriendo una detrás de otra en un ‘vértigo perpetuo’, no eran solo un elemento central en su obra. Esa sensación de ir cada vez más allá, esa sorpresa continua, era la manera en la que vivía y creaba. Y la exposición se convirtió, en coherencia, en un abrir y cerrar de puertas permanente. Ninguna obra mejor que Birthday, que protagonizaba la primera sala, para plasmar y contagiar esta sensación. El asombro estaba servido.

La exposición comenzaba presentándonos a una Dorothea autodidacta en el momento en que conoce el movimiento surrealista en los años previos a la II Guerra Mundial, descubriendo en él la «ilimitada extensión de posibilidad». Será una de las protagonistas, junto con el grupo de artistas que se exilia entonces desde Francia, del desarrollo de este movimiento en la década de 1940 en su país, especialmente en Nueva York. La primera puerta de su carrera artística acababa de abrirse.

Es en estos años cuando comienza a exponer y conoce al artista alemán Max Ernst, con el que inicia una relación sentimental. Tras su boda, vivirán unos años en Sedona, desierto de Arizona. Es el tiempo de la obra más surrealista de Dorothea: el ajedrez como elemento relacional y ‘voluptuoso’, los interiores donde las mujeres-niñas (femme-enfant) desgarran paredes y protagonizan un despertar sexual más que inquietante, la presencia permanente de puertas entreabiertas y el cuestionamiento de la familia tradicional enmarcado en los recuerdos de su infancia en Illinois donde ‘lo único interesante era el papel pintado de la pared’. Obras de factura minuciosa donde cada visitante encontraba un detalle, una sorpresa, una emoción. Surgían las ganas de interpretar, de imaginar qué había detrás, qué experiencias y qué intenciones. Nadie salía indemne de las primeras salas. Delante de ‘La habitación de invitados’ (1950-2) o ‘Maternidad’ (1946-7) podríamos haber pasado horas.

El encargo de diseñar el vestuario para el ballet ‘Night Sadow’ lleva a Dorothea Tanning a traspasar un nuevo umbral. Durante años vuelca su creatividad en varias propuestas similares que facilitarán que su obra, contagiada por el movimiento del baile, se vuelva más etérea, más ligera. Aparecen en sus cuadros formas caleidoscópicas, prácticamente abstractas. El cambio coincide también con un importante movimiento vital: Dorothea y Max se trasladan a Francia. Estamos a mitad de los años 50 y Dorothea ya había abandonado el surrealismo. Aún creo en la idea surrealista de que hay que esforzarse por sondear las profundidades de nuestro subconsciente para descubrir quiénes somos. Pero, por favor, no digan que soy una abanderada del surrealismo’, diría años más tarde.

Insomnias, 1957

A mitad de la década de los 60 vuelve a ir más allá,  abriendo una puerta inexplorada hasta entonces y provocando una de las grandes sorpresas que nos regalaba el recorrido expositivo. Viviendo en la Provenza y con el ánimo de superar la bidimensionalidad de la pintura, crea esculturas textiles que recrean los cuerpos representados en sus obras pictóricas. Al hablar de ellas Dorothea se preguntaba si no eran esculturas vivas. Plasman una vida, decía, que ‘se parece a la nuestra’. Con distintos elementos como tweed, piel sintética, relleno de lana y otros materiales comprados en mercadillos, creaba formas con tintes eróticos y, en ocasiones, toques de ironía.

En 1974 crea la instalación ‘Hotel du Pavot’ para su primera retrospectiva en París. Una obra que es un compendio de su trabajo hasta entonces: el papel rasgado de la pared, las esculturas textiles y antropomórficas, la omnipresente puerta, el ambiente opresivo. Una pieza redonda, quizás el cierre de una época.

Tras la muerte de Max en 1976, Dorothea regresa a EEUU y vive en Nueva York hasta que fallece con 101 años.  Sus pinturas en estos años son enormes, coloristas, cercanas a la abstracción. Abrazando una vez más la novedad, pinta cuerpos y flores en movimiento y coloca el deseo femenino en el centro. Un deseo que en sus últimas obras, una serie de 12 flores que hizo en el año 1997, ‘no solo es visible sino palpable’ en opinión de Alyce Mahón. La artista, ya octogenaria, ha perdido para entonces cualquier esbozo de pudor y la pasión que desbordan estas obras hizo que la visita terminara con nuestros grupos de mujeres emocionadas, ligeras, entusiasmadas.

‘Soy la más vieja de los poetas emergentes’ decía con humor cuando publicó su primer poemario a los 94 años. Poemas pero también relatos, novelas y autobiografías acompañaron sus últimos años. Atravesando la puerta definitiva, cambió la pintura, el dibujo, la escultura y la instalación por la literatura. Y desbordó con ella su libertad creativa.

El misterio y lo cotidiano, aseguraba, son universos contiguos. Ella fue una maestra en mostrarlos, haciendo aún más grande no solo la experiencia creativa sino la vida misma. Cada puerta abriendo otra puerta, en una multiplicación infinita de las opciones de lo posible.

Encina Villanueva Lorenzana